Es frecuente que, en los juicios originados por denuncias de violencia familiar, jueces, defensores de menores y psicólogos escuchen el relato de los niños respecto de episodios de maltrato o abuso de los que habrían sido objeto por parte del progenitor acusado. Previsiblemente, los imputados niegan siempre las acusaciones y a menudo atribuyen el testimonio de sus hijos a maniobras de “lavado de cerebro” por parte del otro padre. En ese escenario se desarrolla uno de los capítulos más críticos de estos procesos: La evaluación de verosimilitud de las denuncias.

Hace poco más de 30 años, el psiquiatra estadounidense James Gardner expuso su teoría del Síndrome de Alienación Parental (SAP). Lo describió como un desorden psicopatológico en el cual un niño, de forma permanente, denigra e insulta sin justificación alguna a uno de sus progenitores, generalmente (pero no exclusivamente) el padre y se niega a tener contacto con él.

Gardner y sus seguidores explicaron que el trastorno es el resultado de la conducta de uno de los progenitores (por lo general la madre) que implanta en sus hijos sentimientos adversos hacia el otro para sacar provecho de ellos en las contiendas que mantienen con sus ex cónyuges. El beneficio se expresaría en la obtención de ventajas económicas o, simplemente, en la satisfacción de deseos de venganza.

En contra de ese paradigma, otra corriente de pensamiento niega la existencia del SAP como tal y lo define como un “backlash” (contramovimiento o reacción de retroceso) de los residuos del pensamiento machista y autoritario. Quienes así piensan, no le reconocen a la teoría de Gardner entidad científica y recuerdan que el SAP no está registrado como trastorno psicopatológico en textos de gran valor referencial como el CIE-10 de la Organización Mundial de la Salud o el DSM-5 de la Asociación Americana de Psiquiatría.

Ambas hipótesis, la del SAP y la del backlash, fueron construidas con el propósito de abastecer de una herramienta teórica a la cuestión de las falsas denuncias de violencia familiar. Sin embargo, la radicalización de los enfoques apartó el eje de ese fenómeno y lo desplazó hacia un área ciertamente más insubstancial: La aprobación o la refutación del pensamiento de Gardner. Esa pérdida de perspectiva condujo a expresiones tales como “los niños nunca mienten” o “todas las denuncias de violencia son verdaderas” de un lado, mientras que, del otro, el SAP se convertía en un recurso polifuncional, apto para rebatir cualquier imputación. Es frecuente observar en los divorcios de alta confilictividad que toda diferencia de criterio termine siendo expuesta por los denunciantes como evidencia de abuso y por los denunciados como prueba de alienación. Unos, acusan a Gardner de pedófilo y descalifican sus ideas por considerar que fueron creadas exclusivamente para justificar los malos tratos y proteger a los abusadores. Otros, emplean el SAP como un recurso oportunista para obtener la desestimación de denuncias de maltrato, violencia y abuso sexual.

Como inexorablemente ocurre cuando el fundamentalismo usurpa el territorio de la inteligencia, el pensamiento dogmático terminó por contaminar los conceptos más sólidos y rescatables de las ideas a las que cada facción adhería.

Quizás la discusión tenga algún sentido en el ámbito de la psiquiatría. La caracterización de una conducta como trastorno psicopatológico permite establecer protocolos diagnósticos, pronósticos y terapéuticos, detectar patrones de ocurrencia y, en general, desarrollar conceptos apoyados en evidencias científicas. En cambio, en el marco del análisis jurídico social del fenómeno de la violencia familiar y de los instrumentos de protección contra ella, la cuestión carece por completo de significación.

La problemática de la violencia familiar involucra en la Argentina (y en gran parte de occidente) dos asuntos esenciales:

1) La prevención de la violencia y la protección de sus víctimas y,
2) La prevención de las falsas denuncias de violencia y la protección de sus víctimas.

No es necesario explicar la relevancia de la primera cuestión. En cuanto a las denuncias falsas, constituyen un fenómeno que no ocupa aún el lugar de importancia que debería asignarle la conciencia colectiva de la sociedad. No sólo significa (como si fuera poco) el empleo fraudulento de dispositivos legales y recursos judiciales. Más grave que eso constituye una interferencia feroz en las relaciones paterno filiales que ocasiona fracturas, casi siempre irremediables, en la psiquis de los niños.

La disputa respecto de la existencia del SAP y de las condiciones personales de Gardner resulta insuficiente para prevenir la violencia familiar o las falsas denuncias. Los resultados de esa discusión nada aportan al respecto y asignarles un papel decisivo constituye una irresponsable frivolidad.

El artículo “Brainwashing children against fathers” publicado en www.childalienation.com identifica como comportamientos alienantes las siguientes prácticas:
• Rehusarse a pasar las llamadas telefónicas a los hijos.
• Organizar varias actividades con los hijos durante el período que el otro progenitor debe normalmente ejercer su derecho de visita.
• Presentar el nuevo cónyuge a los hijos como su nueva madre o su nuevo padre.
• Interceptar el correo y los paquetes mandados a los hijos.
• Desvalorizar e insultar el otro progenitor delante de los hijos.
• Rehusarse a informar el otro progenitor las actividades en las cuales están implicados los hijos (partidos deportivos, actuaciones teatrales, actividades escolares…)
• Hablar de manera descortés del nuevo cónyuge del otro progenitor.
• Impedir al otro progenitor ejercer su derecho de visita.
• “Olvidarse” de avisar el otro progenitor de citas importantes (dentista, médico, psicólogo…)
• Implicar a su entorno (su madre, su nuevo cónyuge…) en el lavado de cerebro de los hijos.
• Tomar decisiones importantes a propósito de los hijos sin consultar al otro progenitor (elección de la religión, elección de la escuela)
• Cambiar (o intentar cambiar) sus apellidos o sus nombres.
• Impedir el otro progenitor acceder a los expedientes escolares y/o médicos de los hijos
• Irse de vacaciones sin los hijos y dejarlos con terceros y no con su otro progenitor, aunque este esté disponible y desee ocuparse de ellos.
• Contar a los hijos que la ropa que el otro progenitor les ha comprado es fea, y prohibirles su uso
• Amenazar con castigos a los hijos si se atreven a llamar, a escribir o contactar al otro progenitor de la manera que sea.
• Reprochar al otro progenitor el mal comportamiento de los hijos.

Más allá de todo, esas conductas son injustificablemente inmorales y dañinas. Siempre, desde cualquier perspectiva y en todo contexto. Lisa y llanamente inaceptables.

Si la Sociedad Americana de Psiquiatría atribuyera categoría científica al SAP, ello no atenuaría el sufrimiento de un padre falsamente imputado ni el daño de su hijo manipulado. Los efectos devastadores de las denuncias falsas y de las medidas que en su consecuencia se adoptan son indiferentes a las discrepancias de la comunidad científica respecto de las ideas de Gardner.

Es difícil refutar el absurdo. Aun así, cuando el progenitor afectado expone ante los tribunales su situación y la describe como el resultado de una estrategia desplegada por el otro, se levanta en su contra una barrera argumentativa “prêt a porter”, que termina por ubicar el meridiano de la cuestión en la endeblez de la teoría del SAP, más allá de la solidez de las pruebas que evidencian los hechos denunciados (constituyan o no SAP). El postulado implícito es: “Como el Síndrome de Alienación Parental no existe, tampoco existen los padres alienadores”. Así, desde el dogmatismo (dulcificado con unas gotas de “corrección política”) se crean las condiciones para la subsistencia de una práctica que depreda las relaciones paterno filiales.

Las denuncias de violencia familiar, y los procesos que ellas gatillan, requieren, para ser efectivos, la mayor dosis de legitimidad posible. Para obtenerla, es imprescindible evitar en uso iatrogénico de las herramientas que la ley provee. En otros términos: El adecuado tratamiento de las denuncias verdaderas, exige un claro repudio de las falsas,

Es difícil imaginar con qué argumentos alguien habría de justificar la violencia doméstica, por lo que también resulta incomprensible la imputación de pretender hacerlo. Quienes señalamos la crueldad que contiene una denuncia falsa, hemos recibido aluviones de censura, como si fuéramos los agentes de prensa de Gardner o, peor aún, alentáramos la violencia y protegiéramos a los abusadores. ¿Será necesario aclarar una y otra vez que deseamos proteger a los niños y no a Gardner?

Sergio Duvobe Abogados

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